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Hablar también protege

“Qué difícil es la comunicación hoy en día”. Es una frase que se repite casi como un acuerdo silencioso. La escucho en conversaciones cercanas, con amigos, con personas que intentan entender por qué algo tan básico (decir lo que pasa) se ha vuelto tan complicado. Siempre que hablo con mi mejor amiga entendemos que no se trata de emociones profundas o confesiones imposibles. Se trata de lo mínimo: acciones. Quedaste de verte con alguien y no apareces, no avisas, no explicas. El silencio se convierte en respuesta, como si escribir “no puedo hoy, lo siento” fuera más difícil que desaparecer. Como si comunicar fuera un riesgo mayor que dejar al otro interpretando.

Pasa también en lo cotidiano: encuentros que se sienten bien, conversaciones que fluyen, planes que parecen tener continuidad, pero después no hay nada. No hay seguimiento, no hay claridad, no hay intención expresada. Solo una pausa indefinida que el otro tiene que descifrar.

Y sí, vivimos en un entorno rápido donde todo cambia, donde las decisiones parecen no ser personales, pero entonces aparece una pregunta más incómoda '¿cómo se lidia con alguien que no puede (o no quiere) comunicar lo que le pasa?'.

Me he dado cuenta de algo: muchas personas no evitan comunicar por falta de palabras, sino por evitar lo que viene después. Si le digo que la quiero, si le respondo rápido, si propongo vernos o si tomo la iniciativa, eso me deja expuesto, es decir, se dará cuenta que me importa, es decir, estoy siendo transparente, es decir, ya no tengo cómo esconder lo que siento, es decir, podría salir herido. Y entonces elegimos lo contrario: no decir. No confirmar. No negar. Mantener todo en un punto ambiguo donde nada es claro pero tampoco duele de frente. Pero esto no se dice, esto está prohibido: ser directo, ser honesto, hacerse cargo. Hemos confundido protección con evasión.

Porque sí, es válido cuidarse. Es válido no abrirse con todo el mundo. Incluso es válido no querer continuar algo. Lo que deja de ser válido o al menos justo, es no comunicarlo. Es desaparecer, es dilatar, es dejar al otro sosteniendo una duda que uno ya resolvió en silencio.

La honestidad no es cómoda, pero es clara. Y la claridad, aunque duela, permite tomar decisiones.

Decir “no quiero nada contigo” no es cruel.
Decir “no estoy en el mismo lugar” no es fallar.
Decir “esto no es lo que busco” no es herir por herir.

Es respetar.

Porque cuando no hablamos, también estamos decidiendo. Decidimos no ser transparentes. Decidimos no cerrar. Decidimos dejar al otro en un lugar que nosotros ya abandonamos. Quizás el problema no es la falta de palabras, sino la falta de decisión para usarlas. Porque decir algo implica cerrar posibilidades, tomar postura, dejar de habitar ese espacio cómodo donde todo puede ser… pero nada es. Y en esa indecisión disfrazada de silencio, vamos dejando historias a medias, conversaciones inconclusas y personas intentando entender algo que nunca se dijo.

Al final, no es la complejidad del mundo lo que dificulta la comunicación, sino nuestra resistencia a ser claros cuando ya sabemos exactamente qué queremos (o qué no).

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