El punk no ha muerto
*Esta historia hace parte de un libro aun no publicado.
Canción: Underground Resistance - I am UR
«¡El punk no ha muerto!», escucho que dice un muchacho, en un tono medio gritado, a su amigo en el Parque Explora. Él es un punkero bastante diferente a los demás (casi todos los que he visto son de contextura delgada). Este es gordo. Lleva una correa de taches plateada con un poquito de esmalte rosado que no ha limpiado. Sus botas son rojas y están desgastadas (no sé si por patear a la gente que no va con su filosofía, o si realmente esa es la estética que se debe manejar al ser punkero). Las uñas de las manos las lleva pintadas de azul oscuro, y en la palma deja entrever una estrella gigante mientras sus dedos son acompañados por dos anillos de cráneo. El cabello es puntiagudo. Es bastante alto y esta engominado hasta más no poder. Tres, no, cuatro, sí, cuatro colores, pasando de un amarillo verdoso a un café oscuro y rojo celeste hacen de su cabello y estilo algo llamativo. La cabeza esta rapada a los lados, pero no al cien por ciento. Unas manchas negras, como si dibujaran el detalle de un perro dálmata, le da otra estética visual al corte del punkero.
Yo, sin incomodarlos mucho, me senté ahí, a escuchar su dialogo y grabar un poco lo que dicen. En la mitad de la conversación, pasa un joven de aproximadamente 17 años. Es alto. La verdad, es muy alto. Parece medir dos metros.
—¿Oiga, va a llevar la manilla? Cualquier aporte será bendecido —le dice el punkero uno al chico, luego de que su amigo, el punkero dos, comenta que esto de las manillas no da ni pa’ una pola, asegurándole que terminarán siendo parte del sistema, y terminarán con un trabajo que les dé para estudiar algo y beber licor cuando quieran.
—¿Qué le pasa, ¡está loco!? —responde el punkero uno en un tono bastante exaltado, mientras le da un golpe en el hombro al punkero dos.
Una vez tendidos en el asfalto, buscando la solución en el cielo, los escucho decir lo siguiente:
—Hey, loco, en una ciudad que estuve, ¡el punk no ha muerto! —exclama el punkero uno.
—¿Cómo así parce, usted de qué está hablando? —responde el punkero dos.
—Sí, en una ciudad que conocí la semana pasada, mientras hablaba y me daba en la cabeza con dos nenas. Me senté hablar con ellas y sus amigos sobre nuestra filosofía y este Gobierno que siempre quiere frenar nuestro progreso. Usted sabe, ¿no? En la mitad de la conversación se nos acercó un anciano. A mí me dieron ganas de golpearlo, pero ese señor cargaba una chaqueta con varios taches de bandas de punk de los noventa, entonces le mostré un poco de respeto, pero igual le dije que qué buscaba, que esas no eran horas para estar buscando la muerte. El anciano, así todo extasiado y con una mirada bastante penetrante, me dijo que era un mocoso, que lo respetara…
—Y usted que se emberraca cuando le dicen mocoso (risas)— punkero dos.
—¿Qué?, ese anciano sentencio su ataúd, pero no pasó nada. Las dos nenas me dijeron que me calmara para saber qué buscaba el señor. Una vez que el anciano mostró su chaqueta, la tendió sobre el suelo, diciéndonos que, si realmente éramos punkeros, nos iba mostrar una ciudad donde el punk no ha muerto. De la nada aparecieron dos amigos del anciano. Ambos tenían el rostro protegido y unas cadenas oxidadas que se descolgaban de la mano de cada uno. Mientras uno llevaba un bate de clavos sucios, puntiagudos y oxidados, el otro alardeaba de sus músculos portando una camisilla. En un tono suave, nos dicen que los sigamos, que vamos a vivir algo diferente… Jamás había visto algo tan maravilloso. Esta ciudad quedaba a tan solo una hora de donde estaba.
Cuando le escuche decir eso al punkero uno, tanto a mí como al punkero dos nos embargó un deseo de saber dónde quedaba ese lugar. «Está a tan solo una hora. Sería como coger un bus en el barrio Manrique, bajar hasta el Centro, coger el metro e ir hasta San Antonio para hacer transbordo hacia Santa Lucía», me dije con los ojos entrecerrados, pero aún no sabía en qué lugar estuvo el punkero uno. Para mi suerte, el punkero dos me ahorró la imprudencia de preguntarle tímidamente en qué lugar había estado.
—Parce, eso fue en Manizales, pero este lugar del que nos habló el anciano era yendo para Armenia —dijo el punkero uno, alzando su tubo de manillas artesanales, y luego, retomando sus conjeturas, el punkero uno continuó avanzando con su relato mientras yo seguía ahí, silenciosamente, escuchando cada detalle—: «No nos demoraremos. Marchémonos ya porque el Estado siente celos y tiene monstruos que obedecen sus órdenes», nos dijo el anciano.
—Aunque no podíamos ver mucho, salimos a las carreras y viajamos bajo la luna. Cada vez estaba más extasiado por llegar al lugar…
—Bueno, pero diga de una vez dónde queda ese lugar, en el que el punk no ha muerto. ¡Dejá de dar tanta vuelta y decime todo sin rodeos! —empieza a sulfurarse el punkero dos, mientras el punkero uno le da una patada, diciendo que le deje contar la historia.
—Después de dar mil vueltas buscando el lugar, nos encontramos con una casa destruida —, dijo el punkero uno.
En ese instante pensé que seguro la casa había sido destruida por los punkeros que a veces se creen okupas, pero luego le oí decir al punkero uno que todo era origen de la madre naturaleza.
—Loco, es como si la madre naturaleza estuviera limpiando los crímenes que se cometieron allí, dejando solo los escombros y el desgaste de un color rojo que más bien parecía una mezcla entre rosado y café. Al llegar también notamos la presencia de una jauría de perros que de la nada iban saliendo en busca de comida. Según el anciano, eran perros que la gente había abandonado, y en vista de que nadie los alimentaba, estos salían de cacería, persiguiendo lo que fuera. ¿Vos podés imaginar eso?
—¡Qué va!
—En serio. No sé si fue verdad, pero el anciano nos contó que una vez una señora de aproximadamente 34 años se quedó varada en la carretera, salió a buscar un teléfono público, y mientras acudía al servicio de una grúa, tres perros sin pudor y remordimiento se comieron a su hijo de 3 años. Inclusive dijo que el alma del niño rondaba el lugar…
—Marica, ¿sí me va a decir dónde queda ese lugar o no? —vuelve a chistar el punkero dos.
—Le daré un consejo, güevón. Ponga atención a cada detalle o suerte de aquí pues. Y ya sabe, usted por su lado que yo por el mío —responde de forma clásica el punkero uno, provocando que el punkero dos controle más su furia y estrés, haciéndole saber que debe relajarse un poco, como yo, que estaba ahí acostado mirando el cielo.
—Este güevón me va a hacer perder el hilo de la historia. Espere, marica, ya le voy a decir dónde queda el lugar. No sé por qué se desespera si igual vamos a ir el próximo fin de semana. ¿O por qué cree que estamos vendiendo estas manillas? No crea que es solo para no hacer parte del sistema. Necesitamos tener las lucas para poder viajar hasta allá. Usted sabe que podemos ser punkis, pero toca tener un poquito de clase, güevón. Tampoco podemos ser unos arrastrados pues —vuelve a sulfurarse el punkero uno.
—Sí, loco, pero es que usted también da mucha vuelta. ¿Usted cree que soy un niño que me tiene que contar toda la historia como si fuera un libro? Al grano socio. Dígame las vueltas de una y sin tanto rodeo —dice el punkero dos.
—Cómo le decía, estábamos ahí, en la intemperie de algún lugar llegando a Armenia —dice el punkero uno—. Todo era sombrío, cosa que lo hacía aún más interesante. Mientras oía los gritos de la gente enfiestada y sentía a alguien dándole el “último” plon a un cigarro, otros estaban alzando la botella de alcohol etílico mezclado con jugo de naranja, dejando caer suavemente el líquido sobre sus bocas. «¡Qué viva el punk!», le escuche decir a alguien. «Aún no hemos muerto, ¡jueputá!», respondía alguien más de forma exaltada, mientras empuñaba una cerveza con fuerza. Mientras el olor de comida podrida emanaba del lugar, una mezcla de tufo a alcohol empezó a recorrer nuestro olfato. En ese momento ambos olores hicieron una combinación perfecta para decirnos que la noche (que ya agonizaba para convertirse en madrugada) no permitiría ver todo lo que estaba oculto en esta casa. Fue ahí cuando un rayo de luz comenzó a resplandecer sobre nuestros rostros. «Cuando sean las cinco de la mañana, se darán cuenta de lo que realmente es el punk», anunció el anciano mientras sus amigos que hacían el papel de escolta nos miraban con los ojos ceñudos.
—¿Puede creer?, ese cucho nos hizo ir hasta allá y no nos dejó ingresar dizque porque teníamos que esperar hasta las «cinco de la mañana». Mientras más ganas teníamos de entrar y saber de qué se trataba todo eso, nuestro paquete de cigarrillos (casi vacíos) se fueron consumiendo con nuestras ganas de entrar.
—Hey flaco, ¿va a llevar la manilla? Hágale. Vea, invítele una a la novia. No sea duro —se levanta el punkero dos.
—Cucho, qué, ¿no me va a poner atención? —dijo el punkero uno.
—Ah marica, usted la verdad da mucha vuelta. Ya me estoy cansando de esa historia suya —vuelve a alterarse el punkero dos, omitiendo la paciencia.
—Usted es la embarrada. ¿No es capaz de esperar un poquito más y ponerle cuidado a la historia?
—Qué va, parce, ya le dije que fuera al grano, pero usted nada de nada. Sigue ahí con la pendejada…
Mientras los punkeros empiezan a discutir, cierro los ojos y en mi cabeza comienzan a sonar las voces del proyecto The People en la colaboración de Underground Resistance, titulada "I am UR". «I am UR, we will resist» es la frase que repite la canción constantemente poniéndome a pensar en esa vez que mi hermano mayor me contó parte de la historia del proyecto. Él me decía que Underground Resistance era un proyecto que acudía a la música para luchar con toda esa industrialización que estaba acabando con Detroit. Recuerdo que este proyecto militante, el cual nunca revela su rostro, le decía inconscientemente al público que lo importante es la música y no la persona que estuviera detrás. Él también me dijo que, aunque no desean revelar sus rostros, salían a las calles y vestían a cada habitante de la calle con una chaqueta de UR (que significa resistencia), pero no sé si esa misma resistencia es la que buscan los punkeros, o la que estaban buscando estos dos punkeros con su tubo de manillas y sus noches de locura donde parece que prefieren generar acciones sin proponer cambios, como si hablaran de que el poder está en unos pocos y que el mundo va mal, pero no hacen nada. Es como si ellos no supieran qué significa ser punkero hoy en día y de qué manera alejarse de las reglas del Estado hace que todo se vuelva outsider.
«¿Cómo ser el punkero que se quiere ser?, ¿para qué luchan, verdaderamente, los punkeros?, ¿Cómo pueden todos los punkeros entenderse sin ser unos okupas y encontrarle el caos a todo?», empiezo a preguntarme, tratando de entender si ellos saben de dónde tomar el valor para comenzar un proceso de introspección que permita llegar a la conclusión de que todas las personas comparten la misma humanidad. ¿Será que si asumen esa humanidad darían el primer paso para reconocer que todas las personas somos poseedores del mismo sistema colombiano y olvidarían esa idea de que el Estado quiere bloquear sus ideas de libre expresión?
He abierto los ojos y he descubierto que mientras pensaba todo esto, los punkeros ya no estaban. También noté que mi grabadora no estaba ahí, al lado izquierdo de mi brazo, grabando cada palabra que expulsaban de sus bocas. Es como si dijeran: "Sabe qué, usted nunca nos vio".