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Carta #2 - Bogotá

Ilustración por: Julieta López

Para: Tiga – tigaatencia@gmail.com
De: Mauricio Atencia – mauro150824@gmail.com
Fecha: 16/09/2017 - 3:40 a.m.
Asunto: Carta #2 – Bogotá

¡Hola, Tiga!

¿Te acuerdas que te prometí escribirte sobre mi nueva visita en la capital? Ya van dos días aquí en Bogotá, y si te contará, viví una experiencia que desee haber experimentado la primera vez que pise este otro lado del país. Aunque bueno, la vez que vine también fue emocionante. Acuérdate que ese día tuve el placer de ver a Sven Väth, abrazarlo y llorar mientras él me hacía un guiño, alzando su brazo derecho y tirando besos. Pero bueno, no te he escrito para eso.

Esta carta es para hablarte de cómo me estoy preparando para vivir mi experiencia con Jeff Mills aquí en Bogotá. Te estarás preguntando si este es el alienígena que fundo Underground Resistance, y que, junto a Juan Atkins, Derrick May, Kevin Saunderson y Eddie Fowlkes, le dio vida a lo que hoy se conoce como música electrónica o Detroit techno. Sí, es él. Sí, Tiga, es el mismo que conecto la escena techno de Detroit con Alemania. Sí, es el mismo con quien hace dos años hablé por Skype sobre su álbum Exhibitionist 2, y lloré luego de traducir sus respuestas. Sí, es el mismo que decía, “jamás iré a Colombia”. Sí, es el mismo que me dijo, solo conocía la música jazz y tradicional de nuestro país. Sí, es el mismo que se sorprendió la vez que le dije, su canción ‘The Bells’ había inspirado a muchas generaciones. Sí, Tiga, es ese mismo sobre quien decidí hacer una tesis de grado, pero jamás terminé. Sí, es el único artista de música electrónica que ha entrado al estudio de Rembrandt para componer música. Sí, Tiga, es él Tiga, es él.

Tiga, debés imaginar mi cara de felicidad cuando lo vea. Debe ser como tener al David Bowie de la música electrónica a mi lado, pero estará abrazándome, dándome las gracias por la primera entrevista que había concedido para Colombia. Imagínate, me sentiré como la gente de Studio 54 cuando veía a Andy Warhol realizar sus fotos dentro del club. Tiga, seguro será como ser el protagonista de Midnight in Paris. Mejor dicho, si te digo que yo soy uno de esos fanáticos de Sudáfrica que moría por ver a Sixto Rodriguez y su documental Searching for Sugar Man, no me creerías. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. Además, tengo que contarte sobre una fantasía. Bueno, en realidad no es una fantasía, pero es algo que se dio gracias al mago: The Wizard.

¿Te conté que conocí una chica cuando iba hacía Bogotá? Seguro olvide decirte esto en el otro correo. Tiga, esta chica es el tipo de mujer que a mí me fascina. Es delgada y no es muy voluptuosa. Es sencilla, bajita, tiene el pelo corto y tinturado de azul pastel. Le gusta hablar sobre arte, especialmente sobre el surrealismo y la vida de Mark Rothko. Ama el stand up, leer sobre ficción, salir a andar en patines, ver películas autobiográficas y documentales de historia. Y, como si fuera poco, tiene un pequeño gusto por la música electrónica –esto no es importante, pero suma puntos. También le gusta escribir poemas sobre la gente que conoce, hacer cartas y nunca entregarlas (porque cree que eso ya no se valora). Esta chica es agradable, le gusta poner temas de interés cada cinco minutos y ser la primera en tomar decisiones. De verdad que me sorprende. Me sorprende tanto como el tatuaje que tiene en el lado derecho del brazo. Es un leopardo donde un fondo de flores recorre parte del hombro. Y eso no es todo, tiene perforado los pezones. ¿Te he contado mi fetiche por los piercings en los pezones de las mujeres? ¡Eso me vuelve loco! Ahora puedes entender por qué tengo perforada las mías.

Pero sabes Tiga, esta chica, como todas con las que he vivido un romance, se llama Maria Alejandra. Sí, Maria Alejandra. ¿No sé por qué todas las Marias o Alejandras tienen que ser lindas y malas? ¿Qué pasa con mi mente que cuando conoce una Maria o Alejandra, se enamora? Sí, Tiga, sé que mi suerte con las Alejandra no es lo mejor, pero sus ojos, su forma de reír y la forma en que le aparecen unos pequeños huequitos en el cachete, me fascina. Me fascina las expresiones que hace con los ojos cuando no le gusta algo. Me fascina cómo ese azul pastel del cabello le ilumina el rostro mientras tira el capul hacia atrás. Me fascina la forma en que se viste, en cómo combina un vestido amarillo con unos tenis negros y añade una bandana roja para manejar un estilo fresh. Me fascina que se suba al Transmilenio conmigo en vez de decir que cojamos taxi o Uber. Me fascina que grite mientras caminamos por la calle. En fin, podría decirte setecientas cosas de por qué me fascina esta nueva Maria Alejandra. Aunque eso te lo diré cuando nos veamos, ¿vale?

Como te decía, conocí a esta chica hace dos días, y mira ya cómo estoy. Pero esto no es todo. Esta Maria Alejandra es de Medellín, y está de visita en la capital porque quiere venir a estudiar música en la facultad de artes de la Universidad Nacional de Colombia.

Te estarás preguntando cómo nos conocimos. Fue en el avión. Sí, los dos sabemos que soy un poco tímido, pero ella estaba leyendo Der Klang der Familie: Berlín el techno y la caída del muro, mientras yo leía el segundo volumen de la colección Delta de la editorial Angosta. Me sorprendió un montón, así que decidí hablarle sobre el libro, preguntándole si le interesaba más lo música o todo lo bueno que provocó la caída del muro para la música en general. En ese corto lapso de cuarenta y cinco minutos que duró el vuelo, hablamos sobre sus gustos y el viaje a la capital. Mientras buscábamos nuestras maletas, le conté que era periodista y estaba allí para cubrir la primera visita de Jeff Mills en Bogotá.

Antes de irse, mire sus ojos y labios. Vuelvo y miro los ojos, los labios, los ojos, los labios. Respiro hondo y le doy un beso lento y largo. Ella suspira, sonríe y me dice que guarde su número, que sería chévere vernos más tarde. También me dice que, si estaré muy ocupado, le puedo hablar en una semana, porque estará otra vez en Medellín.

En realidad, esto fue lo que pasó.

— Todavía tengo una entrada libre para ir a Jeff Mills. Si te animas, puedes venir conmigo.

— ¿En serio? —pregunta medio alegre.

—¿Lo conoces? —le digo mientras pienso en su respuesta. Espero un sí rotundo; un sí lleno entusiasmo, porque lo ama, porque babea por él y, porque su música y su historia dentro de la electrónica, podría ser importante para nuestro país, para ella, para mí, para los dos.

Pero eso no fue lo que dijo.

— Claro, he escuchado algunas canciones de él. Guarda mi número y me escribes —respondió mientras se le hacían unos pequeños huequitos en el cachete.

La di un pequeño y tembloroso beso en la mejilla, sintiendo el calor de esos huequitos que de forma espontánea emergía cuando sonreía. Cogí mi maleta y partí para el apartamento de un primo, y le hablé un poco de ella y le conté sobre el libro que leía, el cual hizo, me acercará un poco para hacerle preguntas y conocerla.

Al rato le escribí a Maria Alejandra. Le propuse vernos por la noche, tomar algo y charlar un poco. Tiga, sé que eres un niño, pero tienes que imaginarla. ¡Es hermosa!

Ahí nos encontrábamos, en un pequeño bar rodeados de mesas vacías. Era temprano. Para ser exactos, eran las siete de la noche, pero eso no importa. Yo moría por ver su cabello azul pastel, sus ojos, y claro, sus pequeños huequitos en los cachetes. Quería tocarlos, pasar mis dedos por su rostro. Sentir cómo el pelo se quebraba en mis manos. No sé qué tenía esta Maria Alejandra, pero provocaba en mí un montón de emociones. Quería besarla alocadamente, recorrer su cuerpo como si estuviera buscando sus lunares, sus manchas o cicatrices. Los quería encontrar y contar uno a uno. Quería verlos, tocarlos y besarlos.

— Cuéntame, ¿cuándo tienes el examen? —le pregunté, esperando que me dijera: ‘Vámonos de aquí. Demos una vuelta por un parque agarrados de la mano y esperemos que llueva para besarnos’.

— Será el miércoles —contestó.

— Decidí venir antes para conocer un poco la ciudad. Ya sabes, saber si realmente quiero vivir aquí.

La noche estaba fría. Bogotá estaba tan fría como siempre, pero se sentía cálida, tal vez porque estaba con ella, porque su presencia generaba calor en mi cuerpo. Sus ojos negro oscuro atrapaban mi tímida mirada. Me era difícil verla profundamente sin enamorarme. Empecé a sentirme más tranquilo.

Te dije que no es una chica típica, ¿cierto?

Hablamos de todo. No sé cómo, pero hablamos de la posición de la mujer en la industria de la música electrónica, de los derechos de las personas en Venezuela, del cambio que Estados Unidos quiere vivir con Trump, de la manera en que la revolución comunista de Cuba traicionó a las mujeres. Sí, también hablamos de nuestras anteriores relaciones y mil cosas más.

— Realmente, perteneces a otro mundo —dijo ella.

— ¿Qué quieres decir con eso?

— Es un halago. No eres el típico hombre que, de entrada, se cree mejor que otros y alardea de las cosas que ha hecho con otras mujeres.

Me sorprendió lo fácil que resultaba conversar con ella, y todas las cosas que teníamos en común. Ya sabes, a pesar de su nombre.

Por momentos, no sabía qué pensar de ella. Quería hacerle una proposición, decirle que saliéramos de ese lugar y dejáramos que la luz de los buses iluminarán nuestra noche.

— Bueno, ¿qué tal si salimos a caminar un rato? —me pregunto.

Sí, ahí estaba ella dando el primer paso. No aguante más, me incline hacia adelante, la bese, le apreté la mano, susurrándole al oído que me gustaba.

— Claro, ¡vamos! —respondí.

Me acordé y le dije que debía ir al apartamento. Le pedí que me acompañara, que no nos tomaría mucho tiempo y luego podríamos salir a caminar.

— Me ofrezco para dejarte luego en tú casa. ¿Qué dices? —inquirí, aludiendo que no estaría seguro de eso.

— Bueno, Mau —afirmó.

Su respuesta me sorprendió. Decirme Mau logró que durante todo el camino pensará en mi niñez, pensará en que solo mamá y una tía me dicen así.

Llegamos, y lo primero que quise hacer fue darle un beso, pero no un beso cualquiera. Le di uno de esos besos largos y excitantes donde mis uñas recorrían su cintura, subiendo por toda su espalda, mientras ella pasaba su lengua por mi cuello, dejando que su mano derecha recorriera mi cabello de forma sutil. Su olor a mujer hizo que apretara su vestido amarillo fuertemente. Ella sin pensarlo mucho, me arrebato la camisa mientras los botones se esparcían por la sala del apartamento. Nuestros cuerpos empezaron a contraerse. El calor entre los dos aumentaba, aumentaba, y no paraba de aumentar. El corazón me latía con fuerza. Estaba asustado. No quería pensar que esto era un sueño y que, al igual que las anteriores relaciones, era una aventura de días. Si mucho, semanas. Tres para ser exacto. Pero ahí estaba yo, pensando en que esto no hubiera sido posible por Der Klang der Familie y Jeff Mills, aka The Wizard. Ahí estaba, pensando en mis pocas relaciones, y lo malo que habían sido todas. Y ahí estaba, como un hombre tímido siendo rescatado, una vez más, por una Maria Alejandra. Tengo que reconocer que me gustaba, así tuviera que sufrir, me agradaba la idea de volver a ser marcado por otra Maria Alejandra.

Cuando por fin logré decirle que si deseaba tomar algo, ella sonrió y me dijo que no me preocupara. Decidí ir a buscar una chaqueta para el frío y, sin pensarlo, me volví acercar a ella, hasta que nuestras manos se cruzaron, y te juro, fue como si hubiera sentido un calambre. Un escalofrío recorrió mi espalda (seguro que ella sintió lo mismo).

Articulé mis palabras y me ofrecí a prestarle una chaqueta. Y no lo vas a creer Tiga, ella con una sonrisa juguetona me dijo que tenía calor, que estaba caliente. Después insinué mi cuerpo, dejando que nuestros labios se volvieran a rozar. Y tú sabes que llevo meses pensando en la otra Maria Alejandra. Sí, Tiga, en esa misma que decidió irse para Miami sin querer dar el segundo paso de vivir un romance conmigo. Pero bueno, ya te he contado esto antes, así que no es necesario volverte aburrir.

«¿Así que estas caliente?» se río entre dientes, volviendo a formar esos huequitos en su cachete. Se acercó a mí y me besó, primero con cuidado y suavidad. Luego me apretó el pecho y acaricio mis piercings de las tetillas con fuerza. Sí, sé que estoy siendo muy detallista, pero esto me encanto. Me vi bañándome con ella. Después de forcejear mi camiseta y regar los botones por toda la sala del apartamento, baje mi cabeza y también empecé a frotar las dos argollas que perforaban sus pezones.

En cualquier caso, ahí estábamos, tocándonos la piel sin parar. Realmente me encantaba su olor animal (porque en ese momento éramos unos animales dejándose guiar por el instinto). Como te decía, cogió mi mano y la puso en su rostro. Sentí las arrugas que se formaban al lado de los ojos. Sentí sus gruesos labios. Sentí su acalorado cuello. Sentí el tatuaje que rodeaba parte de su hombro. Sentí cómo su corazón no paraba de latir. Sentí como nuestras piernas se rodeaban.

Mientras me deslizaba por su cuerpo, pensando en La Femme Damnée, oí cómo ‘Show me love’ hacía de banda sonora en nuestra aventura. En cualquier caso, ella continuó sujetando mis manos, subiéndolas hacia las barras de la cama y las ató con la correa y los cordones de mis zapatos, aunque no me apretó demasiado. Estoy seguro que pude haberme desatado si hubiera querido, pero quería seguir su fetiche (o el mío). Debo confesar que no sentí miedo sino emoción. Ella apoyó las manos en mi cabeza y empezó a controlarme al ritmo de Robin S. Estuvimos mucho tiempo así. No quiero que suene como una queja, porque lo estaba disfrutando. Me agradaba la idea de hacer muchas cosas antes de entregarnos. Ella gimió, desató mis manos con su boca, me beso –su beso era cada vez más intenso– y se entregó a mí. Sentí que esta aventura era diferente para ella (también para mí). Solo sé que me hizo volar y que luego volvió hacerlo y que, cuando por fin acabo, ya ninguno de los dos podía soportar el placer.

Su cuerpo cayó como una roca a mi lado. Nos miramos, agradeciéndonos por lo que había pasado. Ella seguía sonriendo y sus huequitos en la mejilla no dejaban de hacerme cariñitos en la piel. La volví a mirar, la bese y deje que mis huellas dactilares volvieran a acariciar su rostro. Nos quedamos unos minutos en esa postura, mirándonos fijamente, sin decir nada.

— Mau, debo irme. Se ha hecho tarde y tengo que llegar donde mi tía —dijo.

— Tranquila, descansa un rato. Mis primos llegarán tarde, así que no pasa nada —le dije analizando la expresión en su rostro.

Finalmente, aceptó quedarse. Pienso en que luego saldremos a caminar y besarnos bajo la lluvia. La miró y notó que se ha quedado dormida. También noto que sí, que está muy tarde, y prefiero que siga descansando. Una vez más le doy un beso en esos huequitos que se forman en su cachete, y forcejeo mi mente, analizando lo sucedido y escribiéndote esto, porque necesito saber que todo es real. Necesito comprobar que esto no es otro de esos sueños donde encuentro felicidad y no es real. Necesito ver cómo el frío de Bogotá me hace calor. Necesito ver cómo esta ciudad deja de ser tan gris mientras Maria Alejandra, con su cabello azul pastel, genera calor en mí, en el apartamento, en el barrio…

Tengo que leer un poco y pensar que luego iremos a ver a Jeff Mills. Quería hablarte de eso, pero ya lo haré en otro correo. No dejes de contarme cómo están todos en casa.

PD: Creo que me perdí un poco, pero, por favor por favor, no le cuentes esto a nadie. Tiga, discúlpame, no te conté mucho sobre cómo me preparó para ver a Jeff Mills, pero bueno, apenas llegue a casa te cuento todo.

¡Abrazos!

Mauricio Atencia

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